Foto: Nicola RoccoEs Caracas, no Broadway. Hay que tenerlo claro de entrada. Desde esta realidad hay que ver el musical Los Productores de Mel Brooks montado en Venezuela por Producciones Palo de Agua, con las actuaciones de Roque Valero, Fabiola Colmenares y Armando Cabrera, en total, unos 40 actores, 40 músicos, más el personal técnico.
Los Productores nace como película en 1968 y gana el Oscar a Mejor guión original. El musical debuta el 19 de abril de 2001 en el James Theatre de Broadway, y obtiene 12 premios Tony. En 2005, Susan Stroman dirige otra versión cinematográfica que, a diferencia de la primera, es totalmente musical.
En la propuesta venezolana destaca la actuación de Roque Valero como Leo Bloom, el tímido y frustrado contador que descubre que el otrora Rey de Broadway, Max Bialystock, podría hacer más dinero con un fracaso de taquilla que con un éxito. El cantautor de voz dulce y afinada está flojo en las coreografías, que hace sin postura alguna y poca gracia, pero logra el personaje cándido y humano que alimenta y se nutre también de su contrafigura. Todo un éxito la resolución que hace Valero de la histeria de Bloom y su cobija azul.
Por su parte, Armando Cabrera, luce pesado en las tablas. No logra la picardía y carisma que debe tener Bialystock. Canta bien, pero su actuación y baile son austeros. Quizás intenta mitigar su peso en escena atropellando los textos. El dolor que debería mostrar en La traición, no está.
“Si estás buena, muestra”, es el lema de Ulla, interpretada por una Fabiola Colmenares que despeja las dudas en torno a sus cualidades vocales. Sería deseable que –como todo el elenco—entonara, pero a esta Ulla que interpreta la actriz larense parece no hacerle falta. Se ve despampanante en escena y se mueve como ninguna, justo lo que quiere el autor.
Quien está como pez en el agua es Luigi Sciamanna (Franz Liebkind, autor de Primavera para Hitler, la obra “fracaso” que montarán los productores). Parece que el actor hiciera musicales desde niño y sorprende con sus habilidades para el canto, baile y por supuesto, la actuación. Igual valoración merece Rafael Monsalve, quien presenta la justa caricatura de director gay (Roger De Brie) que dibujó Brooks.
No hay que perder de vista a Gerardo Soto (Carmen Ghía, compañero de De Brie), quien tuvo un desempeño tan respetable como el que mostró en Jesucristo superestrella.
Ya sea como el señor Marks, escenógrafo de Roger De Brie, chofer de Liebkind o juez, Luke Grande se reivindica en Los Productores. Como Judas en Jesucristo, el actor tuvo problemas con la tonalidad que lo mostró forzado en todo momento, pero acá logra diferenciar perfectamente todos sus personajes, en una manifestación genial de versatilidad.
Otros comentarios merece el diseño escenográfico de Edwin Erminy. El creador resolvió con estructuras rodantes el problema de falta de tramoya, lo cual resultó una práctica idea, igualmente las proyecciones de diapositivas al fondo del escenario dan profundidad a los decorados. No obstante faltan la toma cenital de la esvástica que arman los bailarines durante la coreografía de Primavera para Hitler y la imagen de la postal que le envía Bloom a Bialystock. Asimismo, necesita más glamour aún la puesta de Primavera para Hitler, tomando en cuenta que Brooks quiere burlarse, entre otras cosas, de la majestuosidad de estos espectáculos.
La falta de telón se suplió perfectamente con uno colocado por la producción. Erminy aprovecha para hacer denuncia con un cuadro en la oficina de Bialystock en el que se lee: “El Teresa Cayendo”, en alusión al Teatro Teresa Carreño.
Del foso sale brillante música. El ensamble de voces y la orquesta, bajo la dirección de Salomón Lerner, están excelentes. Al igual que en musicales anteriores de la compañía (El violinista sobre el tejado y Jesucristo superestrella) la parte musical es impecable. Las coreografías de Luz Urdaneta, respetan al máximo la propuesta del autor. Bien lograda la emblemática coreografía de las ancianas en andaderas.
El vestuario, a cargo de Eva Ivanyi, está sobrio y la iluminación de Carolina Puig es perfecta. El sonido, al menos en la cuarta función (domingo, 20 de abril) volvió a traicionar a ratos, a la producción.
En general, el espectáculo es una muestra de que cuando se quieren hacer las cosas, se hacen y punto, pero también es una lección: hay que arroparse hasta donde la cobija alcance.
Al ver la propuesta dirigida por Michel Hausmann el espectador estará ante un enorme esfuerzo de producción, pero también ante un dragón de cinco cabezas que no devoró pero golpeó a quienes intentaron domarlo. Está bien, hicieron milagros con un escenario (Aula Magna de la UCV) que no cuenta con tramoya –ni siquiera camerinos–; montan en escena a unos 40 artistas que no tienen formación integral en actuación, canto y baile; en un país con poca o nula tradición de musicales no hay sistemas de audio que soporten el movimiento de los artistas en escena, pero como lo dice el coro de Los amigos invisibles, “Eso es lo que hay”, y la gente de Palo de Agua lo comprende muy bien. Precisamente por esa situación, es imperioso evaluar qué obras pueden montarse en la realidad venezolana, al menos hasta que se vaya transformando lo existente. En todo caso, aplausos de nuevo porque el público venezolano merece este tipo de espectáculos.
Funciones: Sábados, 6:00 pm, domingos, 11:00 am y 6:00 pm.
Más imágenes de Los Productores en el blog de Nicola Rocco.
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