Ya pasaron 20 años desde que Rafael Monsalve apareció en pantalla por vez primera, con el ojo izquierdo maquillado e interpretando a un personaje que capturó la atención de buena parte del público infantil de los años 80: Juan Corazón. Ya trascurrieron 30 desde que se inició en las tablas y ya los celebró con su regreso al mundo del espectáculo de la mano de su personaje, Roger De Bris, en el musical Los productores
Lorena Rodríguez Morales
El Hatillo. Rafael Monsalve en un local cualquiera. Por la puerta pasa un joven veinteañero y atlético. Más que atlético: músculos bien desarrollados y definidos, porte severo, timbre de voz bastante grueso. No sólo parecía un deportista profesional, lo era. Campeón de renombre, además. Intercambia algunas palabras con el encargado de la tienda y este – quien ya lo conocía – llama a Rafael a viva voz...
-¡Epa, Rafa! Es que este chamo te quiere conocer... – Monsalve se acerca.
- Disculpa pana – dice el joven, con voz de bajo – ¿tú eras Juan Corazón? – Rafael asiente con la cabeza.
-¡Pana!¡Pana! No puede ser... ¡Tú eras mi ídolo!... Pana, o sea, ¿yo te puedo dar un abrazo?
Es sólo una de las muchas anécdotas que recoge Rafael Monsalve como producto de la época más mediática de su vida. Una temporada de 8 años en la que le dio vida a un chamo que cantaba canciones infantiles con ritmos de moda, vestía jeans, sweters de colores brillantes y lucía, orgulloso, su ojo pintado con un corazón rodeado por lentejuelas. Extraño símbolo para un payaso de la época.
Y es que allí está la clave. Rafael Monsalve quería alejarse del modelo circense. “Siempre he pensado que los payasos son demasiado tontos. Los niños son seres muy sabios como para intentar llamar su atención con torpezas y voz nasal. Sin embargo, necesitaba un sello que le diera color a la imagen del personaje. Entonces surgió lo del corazón, como una forma de decir que a través de los ojos puedes ver más profundamente a las personas”. Esa es la razón por la que siempre pintaba su ojo izquierdo, en línea recta con su corazón.
Lorena Rodríguez Morales
El Hatillo. Rafael Monsalve en un local cualquiera. Por la puerta pasa un joven veinteañero y atlético. Más que atlético: músculos bien desarrollados y definidos, porte severo, timbre de voz bastante grueso. No sólo parecía un deportista profesional, lo era. Campeón de renombre, además. Intercambia algunas palabras con el encargado de la tienda y este – quien ya lo conocía – llama a Rafael a viva voz...
-¡Epa, Rafa! Es que este chamo te quiere conocer... – Monsalve se acerca.
- Disculpa pana – dice el joven, con voz de bajo – ¿tú eras Juan Corazón? – Rafael asiente con la cabeza.
-¡Pana!¡Pana! No puede ser... ¡Tú eras mi ídolo!... Pana, o sea, ¿yo te puedo dar un abrazo?
Es sólo una de las muchas anécdotas que recoge Rafael Monsalve como producto de la época más mediática de su vida. Una temporada de 8 años en la que le dio vida a un chamo que cantaba canciones infantiles con ritmos de moda, vestía jeans, sweters de colores brillantes y lucía, orgulloso, su ojo pintado con un corazón rodeado por lentejuelas. Extraño símbolo para un payaso de la época.
Y es que allí está la clave. Rafael Monsalve quería alejarse del modelo circense. “Siempre he pensado que los payasos son demasiado tontos. Los niños son seres muy sabios como para intentar llamar su atención con torpezas y voz nasal. Sin embargo, necesitaba un sello que le diera color a la imagen del personaje. Entonces surgió lo del corazón, como una forma de decir que a través de los ojos puedes ver más profundamente a las personas”. Esa es la razón por la que siempre pintaba su ojo izquierdo, en línea recta con su corazón.
El personaje, tal como recuerda Monsalve, nació en la imaginación de su ex-manager, quien un día lo vio trabajando con niños y le hizo la propuesta. Para ese entonces, Rafael hacía teatro infantil. “Desde pequeño entré en la Escuela Nacional de Teatro, porque tenía el sueño de ser actor de telenovelas. Pero debo confesar que nunca serví para eso. Lo mío eran las caracterizaciones, así que poco a poco me fui dedicando a las obras para niños. Allí me descubrieron, me hicieron la propuesta y de la noche a la mañana me vi en medio de un estudio grabando un LP, con un programa en RCTV y haciendo conciertos por todo el país, incluso, en Nueva York”.
Juan Corazón fue, definitivamente, un éxito que vio su fin en 1992 por desavenencias con el creador del personaje. Ante las cámaras de Telemundo Juan retiró el corazón de su ojo izquierdo y le dijo adiós al mundo fantástico en que había sumergido a Rafael Monsalve hasta el momento. “Me deprimí mucho... mucho, pero tenía que seguir adelante. Me siento muy agradecido cada vez que se me acercan hombres y mujeres adultos, quienes todavía recuerdan con tanto cariño a un personaje que marcó su infancia y que en mi alma es eterno: Juan Corazón”.
De nuevo en escena
Rafael Monsalve continuó en el espectáculo. Sólo que ahora era otro el protagonista. Sus capacidades vocales le brindaban nuevas posibilidades en el mundo de los doblajes. Son muchos los dibujos animados marcados por su timbre, así como películas y telenovelas de Brasil. Sin embargo, la caracterización que le ha otorgado mayor reconocimiento internacional ha sido, sin duda, la de Yakko Warner, de Animaniacs. “Ya tengo 25 años en esto, y es algo que me fascina”.
En paralelo, formó parte del Comando sorpresa del programa Atrévete a soñar, que transmitía RCTV; montó la obra infantil El Principito y dirigió el espectáculo de Estelita del Llano, Yo soy la Lupe. Fuera del show business, abrió una empresa de catering.
En 2008 se cumplían 30 años de su incursión en el teatro. Monsalve añoraba. Y un buen día, sonó el teléfono: unos muchachitos de Producciones Palo de Agua querían hacerle una propuesta. Meses después, Rafael celebraba esas tres décadas sobre el escenario del Aula Magna de la UCV, interpretando un papel osado, “que me puso a temblar, desde el principio hasta el final”, admitió.
“Aceptar hacer Roger Elizabeth De Bris, en Los Productores, era una gran responsabilidad. Hablamos de un personaje muy rico, porque no se trata de la loca típica del estereotipo venezolano. Roger es una persona seria, bueno como el pan, que cree profundamente en la gente y que se comporta como una mamá gallina con su equipo de trabajo... es un protector. Los ama como a una familia. Se trata de un tipo ingenuo pero divo, que quiere hacer magia continuamente y a eso se debe su visión del teatro”.
Quizás en eso se parecen: en la pasión por la fantasía de la escena. “Lo que me fascina del teatro es tener la posibilidad de hacer de un espacio vacío, un todo; de un personaje que no existe, un ser humano; crear una atmósfera con emociones en un lugar frío y que todo eso lo puedas tejer tú mismo. Eso es magia”.
Un capítulo más
Los productores le permitió a Monsalve – según admite – reaprender a valorarse y respetarse, a ser osado y valiente. Lo ayudó a redescubrir su madera. Lo colocó, nuevamente, frente a los medios de comunicación. Y le dio, también, un capítulo más para narrar...
Altamira. Salón de ensayos del musical. Un par de jóvenes veinteañeras se acercan. Una de ellas repertorista de la obra. La otra, miembro del ensamble. Ambas, hermanas. Entre manos traen un disco. Para más señas, un LP: era un álbum en vinil de Juan Corazón... intacto.
En la esquina superior izquierda y en tinta verde, un autógrafo del cantante reposaba sobre la carátula por poco más de dos décadas. De nuevo en sus manos y con la misma caligrafía, Roger De Bris se transmuta en el eterno Juan para firmar otra vez aquel objeto que había quebrantado las leyes del tiempo, trastocándolo, convirtiéndolo, alimentándolo.
El punto final de aquel texto, del puño y letra de Monsalve, terminó convertido en corazón.
Juan Corazón fue, definitivamente, un éxito que vio su fin en 1992 por desavenencias con el creador del personaje. Ante las cámaras de Telemundo Juan retiró el corazón de su ojo izquierdo y le dijo adiós al mundo fantástico en que había sumergido a Rafael Monsalve hasta el momento. “Me deprimí mucho... mucho, pero tenía que seguir adelante. Me siento muy agradecido cada vez que se me acercan hombres y mujeres adultos, quienes todavía recuerdan con tanto cariño a un personaje que marcó su infancia y que en mi alma es eterno: Juan Corazón”.
De nuevo en escenaRafael Monsalve continuó en el espectáculo. Sólo que ahora era otro el protagonista. Sus capacidades vocales le brindaban nuevas posibilidades en el mundo de los doblajes. Son muchos los dibujos animados marcados por su timbre, así como películas y telenovelas de Brasil. Sin embargo, la caracterización que le ha otorgado mayor reconocimiento internacional ha sido, sin duda, la de Yakko Warner, de Animaniacs. “Ya tengo 25 años en esto, y es algo que me fascina”.
En paralelo, formó parte del Comando sorpresa del programa Atrévete a soñar, que transmitía RCTV; montó la obra infantil El Principito y dirigió el espectáculo de Estelita del Llano, Yo soy la Lupe. Fuera del show business, abrió una empresa de catering.
En 2008 se cumplían 30 años de su incursión en el teatro. Monsalve añoraba. Y un buen día, sonó el teléfono: unos muchachitos de Producciones Palo de Agua querían hacerle una propuesta. Meses después, Rafael celebraba esas tres décadas sobre el escenario del Aula Magna de la UCV, interpretando un papel osado, “que me puso a temblar, desde el principio hasta el final”, admitió.
“Aceptar hacer Roger Elizabeth De Bris, en Los Productores, era una gran responsabilidad. Hablamos de un personaje muy rico, porque no se trata de la loca típica del estereotipo venezolano. Roger es una persona seria, bueno como el pan, que cree profundamente en la gente y que se comporta como una mamá gallina con su equipo de trabajo... es un protector. Los ama como a una familia. Se trata de un tipo ingenuo pero divo, que quiere hacer magia continuamente y a eso se debe su visión del teatro”.
Quizás en eso se parecen: en la pasión por la fantasía de la escena. “Lo que me fascina del teatro es tener la posibilidad de hacer de un espacio vacío, un todo; de un personaje que no existe, un ser humano; crear una atmósfera con emociones en un lugar frío y que todo eso lo puedas tejer tú mismo. Eso es magia”.
Un capítulo más
Los productores le permitió a Monsalve – según admite – reaprender a valorarse y respetarse, a ser osado y valiente. Lo ayudó a redescubrir su madera. Lo colocó, nuevamente, frente a los medios de comunicación. Y le dio, también, un capítulo más para narrar...
Altamira. Salón de ensayos del musical. Un par de jóvenes veinteañeras se acercan. Una de ellas repertorista de la obra. La otra, miembro del ensamble. Ambas, hermanas. Entre manos traen un disco. Para más señas, un LP: era un álbum en vinil de Juan Corazón... intacto.
En la esquina superior izquierda y en tinta verde, un autógrafo del cantante reposaba sobre la carátula por poco más de dos décadas. De nuevo en sus manos y con la misma caligrafía, Roger De Bris se transmuta en el eterno Juan para firmar otra vez aquel objeto que había quebrantado las leyes del tiempo, trastocándolo, convirtiéndolo, alimentándolo.
El punto final de aquel texto, del puño y letra de Monsalve, terminó convertido en corazón.
