
El relato del famoso “negro como yo” no cabe, ni a empujones, en formatos, fórmulas, estrategias y géneros. He aquí su voz, rebosante de naturalidad y contundencia. Este cantor y cuentacuentos llenó la entrevista de versos y recuerdos. Sin más que la expectación del periodista, el pulmón de José Francisco Pacheco Croquer recita su propia historia. Aquí, sin más, se despliegan sus líneas…
Lorena Rodríguez Morales
Yo recuerdo mucho que en Cata, mi pueblo, no había luz eléctrica. Lo que existía era un motor que encendían como a las siete de la noche y apagaban a eso de las diez o diez y media. Entonces todo el pueblo quedaba en penumbra. Lo único que se escuchaba, desde el cuarto, eran los sapitos o los grillos. Pero lo mejor sucedía los fines de semana. A mí me encantaban, porque en esos días, los hombres del pueblo, después de la jornada, se reunían en un local que tenía una rocola y su propio motor. Y cuando apagaban el del pueblo, encendían el del local para que siguiera funcionando la rocola. Por supuesto, en aquella penumbra y silencio, uno desde la casa lo que escuchaba era esa música sonar en medio de la noche.
Lorena Rodríguez Morales
Yo recuerdo mucho que en Cata, mi pueblo, no había luz eléctrica. Lo que existía era un motor que encendían como a las siete de la noche y apagaban a eso de las diez o diez y media. Entonces todo el pueblo quedaba en penumbra. Lo único que se escuchaba, desde el cuarto, eran los sapitos o los grillos. Pero lo mejor sucedía los fines de semana. A mí me encantaban, porque en esos días, los hombres del pueblo, después de la jornada, se reunían en un local que tenía una rocola y su propio motor. Y cuando apagaban el del pueblo, encendían el del local para que siguiera funcionando la rocola. Por supuesto, en aquella penumbra y silencio, uno desde la casa lo que escuchaba era esa música sonar en medio de la noche.
De cómo la lata hace un cumaco
Yo he vivido sumergido en la música desde pequeño. En mi niñez, no tuve oportunidad de tener muchos juguetes porque en casa la cosa era bastante difícil. Excepto cuando llegaba la época de navidad. De repente, el seis de enero, día de Reyes, algún padrino venía y te ponía en el zapato un regalo. Yo recuerdo que una vez mi padrino Nicasio me regaló un violín de juguete. Era blanco, como de plástico y venía con su arco y todo. Pero yo no tenía ni idea de qué era un violín, ni mucho menos cómo se tocaba eso. Entonces yo lo agarraba así, como un cuatro y rasgaba las cuerdas. Yo tendría como siete años. Ese fue mi primer instrumento musical…bueno, además de los que hacíamos nosotros mismos con perolitos: agarrábamos unas latas y con eso formábamos una parranda.
En general, como casi no teníamos juguetes, lo que hacíamos durante el año era que nos los inventábamos y jugábamos a las manifestaciones del pueblo. Te explico, después de que pasaban Los Diablos, por ejemplo, nosotros empezábamos a vestirnos como ellos, cogíamos unos potes cilíndricos donde venía el salmón, le abríamos un hueco por un lado, le metíamos piedritas, un palito y lo machucábamos por la abertura hasta que quedaba apreta’ito, y esa era la maraca. El mandador, que es el fuete que ellos usan, lo hacíamos con un palo, le amarrábamos un bejuco y listo, así bailábamos.
Me acuerdo cuando tuve mi primer cuatro. Eso fue porque en Cata había un gringo llamado John que estaba haciendo un estudio de la cultura de allá. Él estuvo en ese trabajo como por cinco años, pero después se quedó un bojote de tiempo más porque le gustó mucho el lugar ¡Ese tenía un montón de cosas en su oficina! Pero cuando se tuvo que ir, le regaló a mi hermano una bicicleta y a mí me dejó el cuatro. Así fue repartiendo cosas por el pueblo. Con ese cuatro aprendí algunas pisadas. Allá en Cata había un muchacho que tocaba la danza de Los Diablos y yo le pedí que me la enseñara, aprendí y poco a poco me fui metiendo más en ese mundo, me fue gustando el toque del cuatro y empecé a usarlo para acompañar las cosas que yo cantaba. Pero el cuatro no me duró mucho. Un día estábamos una cuerda e’ muchachos sentados frente a la acera donde vivía mi abuela, yo andaba cantando y dentro del desorden que teníamos, empujaron a uno, me cayó encima y me partió el cuatro… Ese fue un dolor fuerte… Me lo llevé para la casa y me quedé por un buen tiempo con mi cuatrico roto… Cuando me vine a estudiar para Caracas, el cuatro se quedó en Cata. Luego, estando aquí, en casa de mi hermana Rosa, logré tener otro que no era muy bueno, pero me servía para cantar alguito
En general, como casi no teníamos juguetes, lo que hacíamos durante el año era que nos los inventábamos y jugábamos a las manifestaciones del pueblo. Te explico, después de que pasaban Los Diablos, por ejemplo, nosotros empezábamos a vestirnos como ellos, cogíamos unos potes cilíndricos donde venía el salmón, le abríamos un hueco por un lado, le metíamos piedritas, un palito y lo machucábamos por la abertura hasta que quedaba apreta’ito, y esa era la maraca. El mandador, que es el fuete que ellos usan, lo hacíamos con un palo, le amarrábamos un bejuco y listo, así bailábamos.
Me acuerdo cuando tuve mi primer cuatro. Eso fue porque en Cata había un gringo llamado John que estaba haciendo un estudio de la cultura de allá. Él estuvo en ese trabajo como por cinco años, pero después se quedó un bojote de tiempo más porque le gustó mucho el lugar ¡Ese tenía un montón de cosas en su oficina! Pero cuando se tuvo que ir, le regaló a mi hermano una bicicleta y a mí me dejó el cuatro. Así fue repartiendo cosas por el pueblo. Con ese cuatro aprendí algunas pisadas. Allá en Cata había un muchacho que tocaba la danza de Los Diablos y yo le pedí que me la enseñara, aprendí y poco a poco me fui metiendo más en ese mundo, me fue gustando el toque del cuatro y empecé a usarlo para acompañar las cosas que yo cantaba. Pero el cuatro no me duró mucho. Un día estábamos una cuerda e’ muchachos sentados frente a la acera donde vivía mi abuela, yo andaba cantando y dentro del desorden que teníamos, empujaron a uno, me cayó encima y me partió el cuatro… Ese fue un dolor fuerte… Me lo llevé para la casa y me quedé por un buen tiempo con mi cuatrico roto… Cuando me vine a estudiar para Caracas, el cuatro se quedó en Cata. Luego, estando aquí, en casa de mi hermana Rosa, logré tener otro que no era muy bueno, pero me servía para cantar alguito
El cocuy que alumbra
Paula Elvira Croquer fue luz y canción / llevaba el cocuyo en el corazón
Lo del cocuy de mi mamá se lo pone El Poeta Jesús Rosas Marcano. Es que mi mamá era la parrandera número uno. Cuando estaba en el conuco de la casa se ponía a limpiar las matas de cambur y cantaba pa’ arriba y pa’ abajo. Y como yo siempre andaba con ella, la escuchaba y a veces, la imitaba. A su lado fue que aprendí a tocar la percusión. Yo siempre me iba con mi mamá a las Fiestas de San Juan. Ella era el primer chicharrón de la cazuela, se la pasaba metida en todas las cosas que organizaban en Cata. Estando en las fiestas, a veces se hacía tarde y yo me quedaba dormido, pero siempre me despertaban los tambores. Entonces, yo me paraba calladito y me acercaba. A uno no lo dejaban participar, porque éramos unos muchachos y no estaba permitido que entráramos en las reuniones de la gente mayor. Pero yo me escabullía y siempre me instalaba para ver cómo estaban tocando. Cuando ellos dejaban un rato el tambor yo me acercaba y me ponía a imitarlos. Así fui aprendiendo. Es como si en ese momento se me estuviera metiendo todo en la sangre.
Y como era parrandera Paula Elvira, mi mamá, lo era también toda mi familia, menos mi papá. A él yo nunca lo vi cantando, pero sí con mucha destreza en las manos. Es más, hay una foto que tomó hace años Jesús Querales, director de Un Solo Pueblo, donde se ve a mi papá labrando una paleta de cocina con un machete. Jesús siempre me comentaba con asombro que no entendía cómo papá podía hacer eso. Yo tampoco me lo explico. Lo cierto es que yo creo que mi mamá me contagió el amor por la música. De papá conservo su habilidad con las manos. Por eso estudié mecánica de mantenimiento en máquina y herramientas, aunque nunca lo ejercí, porque desde que empecé a cantar, ya más nunca pude parar.
Paula Elvira Croquer fue luz y canción / llevaba el cocuyo en el corazón
Lo del cocuy de mi mamá se lo pone El Poeta Jesús Rosas Marcano. Es que mi mamá era la parrandera número uno. Cuando estaba en el conuco de la casa se ponía a limpiar las matas de cambur y cantaba pa’ arriba y pa’ abajo. Y como yo siempre andaba con ella, la escuchaba y a veces, la imitaba. A su lado fue que aprendí a tocar la percusión. Yo siempre me iba con mi mamá a las Fiestas de San Juan. Ella era el primer chicharrón de la cazuela, se la pasaba metida en todas las cosas que organizaban en Cata. Estando en las fiestas, a veces se hacía tarde y yo me quedaba dormido, pero siempre me despertaban los tambores. Entonces, yo me paraba calladito y me acercaba. A uno no lo dejaban participar, porque éramos unos muchachos y no estaba permitido que entráramos en las reuniones de la gente mayor. Pero yo me escabullía y siempre me instalaba para ver cómo estaban tocando. Cuando ellos dejaban un rato el tambor yo me acercaba y me ponía a imitarlos. Así fui aprendiendo. Es como si en ese momento se me estuviera metiendo todo en la sangre.
Y como era parrandera Paula Elvira, mi mamá, lo era también toda mi familia, menos mi papá. A él yo nunca lo vi cantando, pero sí con mucha destreza en las manos. Es más, hay una foto que tomó hace años Jesús Querales, director de Un Solo Pueblo, donde se ve a mi papá labrando una paleta de cocina con un machete. Jesús siempre me comentaba con asombro que no entendía cómo papá podía hacer eso. Yo tampoco me lo explico. Lo cierto es que yo creo que mi mamá me contagió el amor por la música. De papá conservo su habilidad con las manos. Por eso estudié mecánica de mantenimiento en máquina y herramientas, aunque nunca lo ejercí, porque desde que empecé a cantar, ya más nunca pude parar.
Un giro de la voz
Tenía yo como diecinueve o veinte años. Ya vivía en Caracas, pero estaba pasando unos días en Cata, cuando un amigo del pueblo me fue a buscar porque en su casa había una gente que andaba averiguando sobre las manifestaciones culturales del lugar. Me fui para allá y me presentaron a Ismael Querales, Sorena y Toñito Valdivieso, junto al viejo Teo Capriles. Conversamos un rato y luego ellos me pidieron que les tocara algo, me consiguieron un tambor y nos fuimos cerca de El Calvario, nos pusimos bajo una matica de naranja y les toqué algunos golpes de tambor. Al final, se armó una fiesta. Esa noche nos reunimos de nuevo para cantar y tocar. Y fue allí cuando ellos me hicieron la propuesta: Mira – me dijeron – nosotros tenemos un proyecto para hacer música venezolana… Total que me explicaron más o menos de lo que se trataba la cosa y me preguntaron si yo quería formar parte de aquello. Les conté que estaba estudiando. Además, yo formaba parte de un equipo de gimnasia de la escuela técnica. Mi especialidad era salto. También practicaba básquet, es decir, ya estaba bastante comprometido. Ellos insistieron en que fuese a un ensayo para ver si me gustaba. Al final acepté, intercambiamos números de teléfono y seguimos la parranda.
Cuando regresé a Caracas, no los llamé ni nada. Nunca me imaginé lo que sería de aquel proyecto. Es que ni siquiera pensaba en ser cantante. Pero un día ellos me llamaron y me pasaron buscando para ir a un ensayo. Ahí conocí al resto del grupo. Ellos me cantaron algunas cosas y después me pidieron que les mostrara algo de lo que sabía. Había allí un tambor pequeñito que era bien raro, porque la parte de la madera estaba hecha de bambú. Lo agarré y empecé a tocar. Y todo de maravilla, pero el tambor no aguantó mucho y el cuero se reventó.
Después fui a un segundo ensayo… y a un tercero. Poco a poco me fue gustando la cuestión, hasta que me quedé. Empecé cantando algunas cosas y tocando una conga. Pero Ismael, que era el que cantaba casi todo el repertorio, empezó a decir que le gustaba más cómo lo hacía yo, y poco a poco el grupo me fue dando toda la responsabilidad de la voz. Empecé a hacer los viajes de investigación con ellos y entré en la familia de Un Solo Pueblo.
Tenía yo como diecinueve o veinte años. Ya vivía en Caracas, pero estaba pasando unos días en Cata, cuando un amigo del pueblo me fue a buscar porque en su casa había una gente que andaba averiguando sobre las manifestaciones culturales del lugar. Me fui para allá y me presentaron a Ismael Querales, Sorena y Toñito Valdivieso, junto al viejo Teo Capriles. Conversamos un rato y luego ellos me pidieron que les tocara algo, me consiguieron un tambor y nos fuimos cerca de El Calvario, nos pusimos bajo una matica de naranja y les toqué algunos golpes de tambor. Al final, se armó una fiesta. Esa noche nos reunimos de nuevo para cantar y tocar. Y fue allí cuando ellos me hicieron la propuesta: Mira – me dijeron – nosotros tenemos un proyecto para hacer música venezolana… Total que me explicaron más o menos de lo que se trataba la cosa y me preguntaron si yo quería formar parte de aquello. Les conté que estaba estudiando. Además, yo formaba parte de un equipo de gimnasia de la escuela técnica. Mi especialidad era salto. También practicaba básquet, es decir, ya estaba bastante comprometido. Ellos insistieron en que fuese a un ensayo para ver si me gustaba. Al final acepté, intercambiamos números de teléfono y seguimos la parranda.
Cuando regresé a Caracas, no los llamé ni nada. Nunca me imaginé lo que sería de aquel proyecto. Es que ni siquiera pensaba en ser cantante. Pero un día ellos me llamaron y me pasaron buscando para ir a un ensayo. Ahí conocí al resto del grupo. Ellos me cantaron algunas cosas y después me pidieron que les mostrara algo de lo que sabía. Había allí un tambor pequeñito que era bien raro, porque la parte de la madera estaba hecha de bambú. Lo agarré y empecé a tocar. Y todo de maravilla, pero el tambor no aguantó mucho y el cuero se reventó.
Después fui a un segundo ensayo… y a un tercero. Poco a poco me fue gustando la cuestión, hasta que me quedé. Empecé cantando algunas cosas y tocando una conga. Pero Ismael, que era el que cantaba casi todo el repertorio, empezó a decir que le gustaba más cómo lo hacía yo, y poco a poco el grupo me fue dando toda la responsabilidad de la voz. Empecé a hacer los viajes de investigación con ellos y entré en la familia de Un Solo Pueblo.
Tres décadas. Un santiamén
La gente veía a Un Solo Pueblo como una pertenencia, sentía que el grupo era de su propiedad porque partía de ellos mismos. Por eso, en muchas oportunidades, creí que yo, sin el grupo, no sería nada. Todo el mundo me hacía sentir que me querían ahí, en Un Solo Pueblo. Por eso me costó tanto tomar la decisión de separarme. Pero la verdad es que he recibido muy buena acogida.
La gente veía a Un Solo Pueblo como una pertenencia, sentía que el grupo era de su propiedad porque partía de ellos mismos. Por eso, en muchas oportunidades, creí que yo, sin el grupo, no sería nada. Todo el mundo me hacía sentir que me querían ahí, en Un Solo Pueblo. Por eso me costó tanto tomar la decisión de separarme. Pero la verdad es que he recibido muy buena acogida.

Este año tengo planteadas dos producciones discográficas, una de ellas la estoy haciendo en compañía de Ismael Querales y me gusta mucho porque participan nuestros hijos también. La otra, es un trabajo que quiero hacer con mi grupo, Francisco y su pueblo. Estoy cumpliendo 30 años de vida artística y me gustaría celebrarlo con un espectáculo en el Teatro Teresa Carreño, junto a varios amigos, para cantar muchas de las piezas que he interpretado durante mi carrera. También está entre los planes un libro que va escribir Rafael Salazar y que contendrá dos discos con algunos de los éxitos de Francisco Pacheco, tanto con Un Solo Pueblo como con otros músicos.
Imagínate, siempre pensé que al salir de Un Solo Pueblo no iba a cantar más, que me iba a retirar. Pero eso es imposible… es como con los peloteros, nunca se retiran. Mi pasión es la música. Nunca ejercí mi profesión. Empecé a cantar y dejé a un lado todo lo demás, me olvidé de la gimnasia, del básquet… Para mí el canto ha sido la vida, la fuente con la que he levantado a mi familia, la fuente de mi propio crecimiento. Por eso siento que ahora es cuando queda Francisco Pacheco pa’ rato…
Publicado en la Revista Curruchá, edición número 2, año 2005
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