domingo, 27 de abril de 2008

Francisco Pacheco: Cautivo de su canto



El relato del famoso “negro como yo” no cabe, ni a empujones, en formatos, fórmulas, estrategias y géneros. He aquí su voz, rebosante de naturalidad y contundencia. Este cantor y cuentacuentos llenó la entrevista de versos y recuerdos. Sin más que la expectación del periodista, el pulmón de José Francisco Pacheco Croquer recita su propia historia. Aquí, sin más, se despliegan sus líneas…

Lorena Rodríguez Morales

Yo recuerdo mucho que en Cata, mi pueblo, no había luz eléctrica. Lo que existía era un motor que encendían como a las siete de la noche y apagaban a eso de las diez o diez y media. Entonces todo el pueblo quedaba en penumbra. Lo único que se escuchaba, desde el cuarto, eran los sapitos o los grillos. Pero lo mejor sucedía los fines de semana. A mí me encantaban, porque en esos días, los hombres del pueblo, después de la jornada, se reunían en un local que tenía una rocola y su propio motor. Y cuando apagaban el del pueblo, encendían el del local para que siguiera funcionando la rocola. Por supuesto, en aquella penumbra y silencio, uno desde la casa lo que escuchaba era esa música sonar en medio de la noche.

De cómo la lata hace un cumaco

Yo he vivido sumergido en la música desde pequeño. En mi niñez, no tuve oportunidad de tener muchos juguetes porque en casa la cosa era bastante difícil. Excepto cuando llegaba la época de navidad. De repente, el seis de enero, día de Reyes, algún padrino venía y te ponía en el zapato un regalo. Yo recuerdo que una vez mi padrino Nicasio me regaló un violín de juguete. Era blanco, como de plástico y venía con su arco y todo. Pero yo no tenía ni idea de qué era un violín, ni mucho menos cómo se tocaba eso. Entonces yo lo agarraba así, como un cuatro y rasgaba las cuerdas. Yo tendría como siete años. Ese fue mi primer instrumento musical…bueno, además de los que hacíamos nosotros mismos con perolitos: agarrábamos unas latas y con eso formábamos una parranda.

En general, como casi no teníamos juguetes, lo que hacíamos durante el año era que nos los inventábamos y jugábamos a las manifestaciones del pueblo. Te explico, después de que pasaban Los Diablos, por ejemplo, nosotros empezábamos a vestirnos como ellos, cogíamos unos potes cilíndricos donde venía el salmón, le abríamos un hueco por un lado, le metíamos piedritas, un palito y lo machucábamos por la abertura hasta que quedaba apreta’ito, y esa era la maraca. El mandador, que es el fuete que ellos usan, lo hacíamos con un palo, le amarrábamos un bejuco y listo, así bailábamos.

Me acuerdo cuando tuve mi primer cuatro. Eso fue porque en Cata había un gringo llamado John que estaba haciendo un estudio de la cultura de allá. Él estuvo en ese trabajo como por cinco años, pero después se quedó un bojote de tiempo más porque le gustó mucho el lugar ¡Ese tenía un montón de cosas en su oficina! Pero cuando se tuvo que ir, le regaló a mi hermano una bicicleta y a mí me dejó el cuatro. Así fue repartiendo cosas por el pueblo. Con ese cuatro aprendí algunas pisadas. Allá en Cata había un muchacho que tocaba la danza de Los Diablos y yo le pedí que me la enseñara, aprendí y poco a poco me fui metiendo más en ese mundo, me fue gustando el toque del cuatro y empecé a usarlo para acompañar las cosas que yo cantaba. Pero el cuatro no me duró mucho. Un día estábamos una cuerda e’ muchachos sentados frente a la acera donde vivía mi abuela, yo andaba cantando y dentro del desorden que teníamos, empujaron a uno, me cayó encima y me partió el cuatro… Ese fue un dolor fuerte… Me lo llevé para la casa y me quedé por un buen tiempo con mi cuatrico roto… Cuando me vine a estudiar para Caracas, el cuatro se quedó en Cata. Luego, estando aquí, en casa de mi hermana Rosa, logré tener otro que no era muy bueno, pero me servía para cantar alguito

El cocuy que alumbra

Paula Elvira Croquer fue luz y canción / llevaba el cocuyo en el corazón

Lo del cocuy de mi mamá se lo pone El Poeta Jesús Rosas Marcano. Es que mi mamá era la parrandera número uno. Cuando estaba en el conuco de la casa se ponía a limpiar las matas de cambur y cantaba pa’ arriba y pa’ abajo. Y como yo siempre andaba con ella, la escuchaba y a veces, la imitaba. A su lado fue que aprendí a tocar la percusión. Yo siempre me iba con mi mamá a las Fiestas de San Juan. Ella era el primer chicharrón de la cazuela, se la pasaba metida en todas las cosas que organizaban en Cata. Estando en las fiestas, a veces se hacía tarde y yo me quedaba dormido, pero siempre me despertaban los tambores. Entonces, yo me paraba calladito y me acercaba. A uno no lo dejaban participar, porque éramos unos muchachos y no estaba permitido que entráramos en las reuniones de la gente mayor. Pero yo me escabullía y siempre me instalaba para ver cómo estaban tocando. Cuando ellos dejaban un rato el tambor yo me acercaba y me ponía a imitarlos. Así fui aprendiendo. Es como si en ese momento se me estuviera metiendo todo en la sangre.

Y como era parrandera Paula Elvira, mi mamá, lo era también toda mi familia, menos mi papá. A él yo nunca lo vi cantando, pero sí con mucha destreza en las manos. Es más, hay una foto que tomó hace años Jesús Querales, director de Un Solo Pueblo, donde se ve a mi papá labrando una paleta de cocina con un machete. Jesús siempre me comentaba con asombro que no entendía cómo papá podía hacer eso. Yo tampoco me lo explico. Lo cierto es que yo creo que mi mamá me contagió el amor por la música. De papá conservo su habilidad con las manos. Por eso estudié mecánica de mantenimiento en máquina y herramientas, aunque nunca lo ejercí, porque desde que empecé a cantar, ya más nunca pude parar.

Un giro de la voz

Tenía yo como diecinueve o veinte años. Ya vivía en Caracas, pero estaba pasando unos días en Cata, cuando un amigo del pueblo me fue a buscar porque en su casa había una gente que andaba averiguando sobre las manifestaciones culturales del lugar. Me fui para allá y me presentaron a Ismael Querales, Sorena y Toñito Valdivieso, junto al viejo Teo Capriles. Conversamos un rato y luego ellos me pidieron que les tocara algo, me consiguieron un tambor y nos fuimos cerca de El Calvario, nos pusimos bajo una matica de naranja y les toqué algunos golpes de tambor. Al final, se armó una fiesta. Esa noche nos reunimos de nuevo para cantar y tocar. Y fue allí cuando ellos me hicieron la propuesta: Mira – me dijeron – nosotros tenemos un proyecto para hacer música venezolana… Total que me explicaron más o menos de lo que se trataba la cosa y me preguntaron si yo quería formar parte de aquello. Les conté que estaba estudiando. Además, yo formaba parte de un equipo de gimnasia de la escuela técnica. Mi especialidad era salto. También practicaba básquet, es decir, ya estaba bastante comprometido. Ellos insistieron en que fuese a un ensayo para ver si me gustaba. Al final acepté, intercambiamos números de teléfono y seguimos la parranda.

Cuando regresé a Caracas, no los llamé ni nada. Nunca me imaginé lo que sería de aquel proyecto. Es que ni siquiera pensaba en ser cantante. Pero un día ellos me llamaron y me pasaron buscando para ir a un ensayo. Ahí conocí al resto del grupo. Ellos me cantaron algunas cosas y después me pidieron que les mostrara algo de lo que sabía. Había allí un tambor pequeñito que era bien raro, porque la parte de la madera estaba hecha de bambú. Lo agarré y empecé a tocar. Y todo de maravilla, pero el tambor no aguantó mucho y el cuero se reventó.

Después fui a un segundo ensayo… y a un tercero. Poco a poco me fue gustando la cuestión, hasta que me quedé. Empecé cantando algunas cosas y tocando una conga. Pero Ismael, que era el que cantaba casi todo el repertorio, empezó a decir que le gustaba más cómo lo hacía yo, y poco a poco el grupo me fue dando toda la responsabilidad de la voz. Empecé a hacer los viajes de investigación con ellos y entré en la familia de Un Solo Pueblo.

Tres décadas. Un santiamén

La gente veía a Un Solo Pueblo como una pertenencia, sentía que el grupo era de su propiedad porque partía de ellos mismos. Por eso, en muchas oportunidades, creí que yo, sin el grupo, no sería nada. Todo el mundo me hacía sentir que me querían ahí, en Un Solo Pueblo. Por eso me costó tanto tomar la decisión de separarme. Pero la verdad es que he recibido muy buena acogida.


Este año tengo planteadas dos producciones discográficas, una de ellas la estoy haciendo en compañía de Ismael Querales y me gusta mucho porque participan nuestros hijos también. La otra, es un trabajo que quiero hacer con mi grupo, Francisco y su pueblo. Estoy cumpliendo 30 años de vida artística y me gustaría celebrarlo con un espectáculo en el Teatro Teresa Carreño, junto a varios amigos, para cantar muchas de las piezas que he interpretado durante mi carrera. También está entre los planes un libro que va escribir Rafael Salazar y que contendrá dos discos con algunos de los éxitos de Francisco Pacheco, tanto con Un Solo Pueblo como con otros músicos.

Imagínate, siempre pensé que al salir de Un Solo Pueblo no iba a cantar más, que me iba a retirar. Pero eso es imposible… es como con los peloteros, nunca se retiran. Mi pasión es la música. Nunca ejercí mi profesión. Empecé a cantar y dejé a un lado todo lo demás, me olvidé de la gimnasia, del básquet… Para mí el canto ha sido la vida, la fuente con la que he levantado a mi familia, la fuente de mi propio crecimiento. Por eso siento que ahora es cuando queda Francisco Pacheco pa’ rato…


Publicado en la Revista Curruchá, edición número 2, año 2005

sábado, 26 de abril de 2008

Las cinco cabezas de Los Productores

Foto: Nicola Rocco

Es Caracas, no Broadway. Hay que tenerlo claro de entrada. Desde esta realidad hay que ver el musical Los Productores de Mel Brooks montado en Venezuela por Producciones Palo de Agua, con las actuaciones de Roque Valero, Fabiola Colmenares y Armando Cabrera, en total, unos 40 actores, 40 músicos, más el personal técnico.

Los Productores nace como película en 1968 y gana el Oscar a Mejor guión original. El musical debuta el 19 de abril de 2001 en el James Theatre de Broadway, y obtiene 12 premios Tony. En 2005, Susan Stroman dirige otra versión cinematográfica que, a diferencia de la primera, es totalmente musical.

En la propuesta venezolana destaca la actuación de Roque Valero como Leo Bloom, el tímido y frustrado contador que descubre que el otrora Rey de Broadway, Max Bialystock, podría hacer más dinero con un fracaso de taquilla que con un éxito. El cantautor de voz dulce y afinada está flojo en las coreografías, que hace sin postura alguna y poca gracia, pero logra el personaje cándido y humano que alimenta y se nutre también de su contrafigura. Todo un éxito la resolución que hace Valero de la histeria de Bloom y su cobija azul.

Por su parte, Armando Cabrera, luce pesado en las tablas. No logra la picardía y carisma que debe tener Bialystock. Canta bien, pero su actuación y baile son austeros. Quizás intenta mitigar su peso en escena atropellando los textos. El dolor que debería mostrar en La traición, no está.

“Si estás buena, muestra”, es el lema de Ulla, interpretada por una Fabiola Colmenares que despeja las dudas en torno a sus cualidades vocales. Sería deseable que –como todo el elenco—entonara, pero a esta Ulla que interpreta la actriz larense parece no hacerle falta. Se ve despampanante en escena y se mueve como ninguna, justo lo que quiere el autor.

Quien está como pez en el agua es Luigi Sciamanna (Franz Liebkind, autor de Primavera para Hitler, la obra “fracaso” que montarán los productores). Parece que el actor hiciera musicales desde niño y sorprende con sus habilidades para el canto, baile y por supuesto, la actuación. Igual valoración merece Rafael Monsalve, quien presenta la justa caricatura de director gay (Roger De Brie) que dibujó Brooks.

No hay que perder de vista a Gerardo Soto (Carmen Ghía, compañero de De Brie), quien tuvo un desempeño tan respetable como el que mostró en Jesucristo superestrella.

Ya sea como el señor Marks, escenógrafo de Roger De Brie, chofer de Liebkind o juez, Luke Grande se reivindica en Los Productores. Como Judas en Jesucristo, el actor tuvo problemas con la tonalidad que lo mostró forzado en todo momento, pero acá logra diferenciar perfectamente todos sus personajes, en una manifestación genial de versatilidad.

Otros comentarios merece el diseño escenográfico de Edwin Erminy. El creador resolvió con estructuras rodantes el problema de falta de tramoya, lo cual resultó una práctica idea, igualmente las proyecciones de diapositivas al fondo del escenario dan profundidad a los decorados. No obstante faltan la toma cenital de la esvástica que arman los bailarines durante la coreografía de Primavera para Hitler y la imagen de la postal que le envía Bloom a Bialystock. Asimismo, necesita más glamour aún la puesta de Primavera para Hitler, tomando en cuenta que Brooks quiere burlarse, entre otras cosas, de la majestuosidad de estos espectáculos.

La falta de telón se suplió perfectamente con uno colocado por la producción. Erminy aprovecha para hacer denuncia con un cuadro en la oficina de Bialystock en el que se lee: “El Teresa Cayendo”, en alusión al Teatro Teresa Carreño.

Del foso sale brillante música. El ensamble de voces y la orquesta, bajo la dirección de Salomón Lerner, están excelentes. Al igual que en musicales anteriores de la compañía (El violinista sobre el tejado y Jesucristo superestrella) la parte musical es impecable. Las coreografías de Luz Urdaneta, respetan al máximo la propuesta del autor. Bien lograda la emblemática coreografía de las ancianas en andaderas.

El vestuario, a cargo de Eva Ivanyi, está sobrio y la iluminación de Carolina Puig es perfecta. El sonido, al menos en la cuarta función (domingo, 20 de abril) volvió a traicionar a ratos, a la producción.

En general, el espectáculo es una muestra de que cuando se quieren hacer las cosas, se hacen y punto, pero también es una lección: hay que arroparse hasta donde la cobija alcance.

Al ver la propuesta dirigida por Michel Hausmann el espectador estará ante un enorme esfuerzo de producción, pero también ante un dragón de cinco cabezas que no devoró pero golpeó a quienes intentaron domarlo. Está bien, hicieron milagros con un escenario (Aula Magna de la UCV) que no cuenta con tramoya –ni siquiera camerinos–; montan en escena a unos 40 artistas que no tienen formación integral en actuación, canto y baile; en un país con poca o nula tradición de musicales no hay sistemas de audio que soporten el movimiento de los artistas en escena, pero como lo dice el coro de Los amigos invisibles, “Eso es lo que hay”, y la gente de Palo de Agua lo comprende muy bien. Precisamente por esa situación, es imperioso evaluar qué obras pueden montarse en la realidad venezolana, al menos hasta que se vaya transformando lo existente. En todo caso, aplausos de nuevo porque el público venezolano merece este tipo de espectáculos.

Funciones: Sábados, 6:00 pm, domingos, 11:00 am y 6:00 pm.
Más imágenes de Los Productores en el
blog de Nicola Rocco.

Lamata... El Enemigo... La cábala...

Fotos: Cortesía Jericó Films

Quise retomar la idea de un blog e iniciarlo con una entrevista que le hice en enero al cineasta Luis Alberto Lamata. A propósito del estreno de su película, El enemigo, conversamos no sólo de esta producción, sino de Boves, el urogallo, que comenzará a rodar en breve, sobre Miranda regresa, la que hizo con la Villa del Cine, en torno a la realidad de su cine y del cine venezolano, y de esa buena estrella que lo está acompañando últimamente y que le ha dado su justo lugar como uno de los mejores realizadores del país (recordar Jericó, 1991, de las más premiadas del séptimo arte nacional).

Ojalá algo de la luz de esa buena estrella ilumine el comienzo de este espacio.

La raiz de la violencia
La conversa con Lamata fue en enero de este año, El enemigo se proyectaría el 23 en el marco del IX Festival del Cortometraje Nacional Manuel Trujillo Durán de Maracaibo.
Para mi era más cómodo entrevistarlo teniendo como tema central una película suya, totalmente independiente, que la vez anterior (marzo, 2007), cuando todas las miradas estaban puestas sobre la primera superproducción de la Villa del Cine, Miranda regresa, dirigida por él.
Para Lamata también debió ser más cómodo hablar de una propuesta personal que de una por encargo. No obstante, dijo que los trabajos por encargo han sido la base para hacer sus proyectos de autor.

- Ya hablamos de El enemigo en una ocasión pero ¿podrías ampliarme un poco más de qué va la película?
- Es una historia contemporánea y ya por el hecho de ser contemporánea, en Caracas, de alguna manera tienes que tocar que es un valle violento, peligroso. Es difícil escapar del tema. Es una historia inspirada en una obra de teatro, Un corrío muy mentado, de Javier Moreno, que me pareció extraordinaria y pensé que valía la pena contar: el enfrentamiento entre dos habitantes de este valle. Uno es un Fiscal del Ministerio Público (Carlos Cruz) que guarda un secreto terrible, y la otra es la madre de un delincuente (Lourdes Valera) que se niega a reconocer la realidad, y cuando se atreve a enfrentarla es muy tarde y ambos quedan atrapados en una espiral de violencia y venganza, lamentablemente, muy común en esta ciudad.

- ¿Qué buscas con una historia como esta?
- Lo más que puede hacer el cine es hacerse preguntas, invitar a una reflexión. Yo creo que la violencia en nuestro país es un problema central. Siento que en medio de la crispación política este asunto se ha olvidado y ha dejado de verse como un problema de la sociedad entera, hay una violencia criminal en Venezuela que afortunadamente no se ha tocado todavía con la violencia política, pero el día en que eso ocurra, podemos estar en medio de una tragedia enorme.

- A tu juicio ¿Cuál es la raíz de la violencia?
- Yo siento que este es un país que por razones históricas ha sido siempre muy violento, que nuestra generación no tiene conciencia de eso, que el país ha madurado. Siento que hemos transitado estos últimos 15 años de tormenta política con una madurez mucho mayor de la que tuvimos en otros tiempos, no te olvides que la Guerra de Independencia en Venezuela fue una de las más sangrientas que hubo en el continente, después vivimos la Guerra Federal que fue terrible también, un conflicto que dejó más de 200 mil muertos en un país que tenía muy poquitos habitantes, y esas son nuestras dos grandes guerras. Paralelo hay infinitos alzamientos, caudillos guerreando en cualquier región del país, el siglo XX tiene mucho de eso también, porque cuando se habla de la paz de Gómez y la de Pérez Jiménez, es "la paz de los sepulcros". El comienzo de los años 60, de nuestra democracia representativa, fueron años violentos también, es decir, que uno de mis temores como venezolano es que esa enorme violencia criminal que tenemos hoy en día termine de permearse hacia la violencia política, que ese país armado que tenemos, ese país donde circulan las pistolas y los rifles libremente, se toque con la violencia política y dentro de todo me maravillo de que hayamos sido capaces de llegar hasta aquí y de alguna manera me hace abrigar la esperanza de que los sectores democráticos tanto en la oposición como en el Gobierno, son hoy en día mayoría, y pueden mantener una especie de represa sobre los costados más extremos. Esa es mi preocupación como venezolano, obviamente parte de eso está en la película, pero la película no quiere ser más que una historia contada con los recursos de unos actores muy entregados al proyecto.

- ¿Por qué cambia el título de Corrío a El enemigo?
- Al llamarla El Enemigo está mucho más cerca del asunto de la película, estos personajes que interpretan Lourdes Valera y Carlos Cruz, no pueden sobrevivir existencialmente sino hasta el momento en que son capaces de descubrir cuál es su verdadero enemigo, y en el fondo, cuál es el verdadero enemigo de los habitantes de Caracas.




El Miranda de la Villa

- ¿No resulta más cómodo hablar sobre una película totalmente independiente que sobre una por encargo, con tanta presión alrededor?
- Mi vida profesional se basa mucho en el trabajo por encargo, que me permite hacer el cine que quiero. Jericó, Desnudo con naranjas, El enemigo o Boves, fueron posibles gracias a que hice telenovelas en México, en Perú, en RCTV, la Villa del Cine, y a pesar de ser trabajos por encargo, me entrego a ellos absolutamente, es decir, es algo que está en mi, porque me gusta mi oficio, ese es mi oficio. Obviamente, es muy distinta la experiencia a cuando trabajas con un guión propio.
Además estoy acostumbrado a que quien me contrata puede o no tener un ambiente amigable u hostil, mi lealtad es sobretodo, con el espectáculo con el que estoy trabajando. A mi el proyecto de Miranda me gusta, el proyecto de la Villa del Cine me parece interesante, entonces no veo por qué no hacerlo, lo que establecería una frontera, que yo diría, "no lo hago", es si hay una barrera ética que me separa del proyecto o de algún asunto particular de quien me contrata.

- ¿Y fue un requerimiento de la Villa el excesivo distanciamiento como director que muestras en Miranda regresa?
- Lo que ocurre es que yo compartí con la Villa que había que hacer un Miranda útil, un Miranda que además de tener un valor como película, tuviera un valor divulgativo importante, y en esa medida traté de dirigirla en el estilo más clásico y sobrio posible porque precisamente es lo que permite que ese valor divulgativo tenga sentido. Esa es una película que para mi es un éxito en la medida en que circule en colegios, en liceos, y que quede como parte del acervo del país. Nunca entendí Miranda como una película autoral.

- El Estado invierte unos 5 millardos en Miranda y sin embargo muestra unos resultados de taquilla que dejan a la película en un tercer lugar, debajo de 13 Segundos y Una abuela virgen --salvando por supuesto, variables como número de copias y semanas de exhibición-- ¿Qué conclusiones sacas?
- Yo estoy muy contento. Más de 140 mil espectadores en términos de cinematografía venezolana es una cifra muy respetable y en cuanto a la inversión, siento que esa inversión está en pantalla. Recuerda que también hay una miniserie, es decir, en función del costo, a mi me parece que Miranda se resolvió de una manera extraordinaria porque estamos hablando de una miniserie y una película que podrían estar en dos millones de dólares. Me parece increíble, hay un trabajo eficiente de todos los departamentos. Que unas películas hayan sido las más populares, me parece excelente, como te dije, el valor de Miranda para mi es precisamente que a futuro tenga una vida larga como parte de nuestro archivo audiovisual. Qué observación tendría: siento que el hecho de ser una miniserie llevada a película la resintió enormemente, allí hubo un reto que no pudimos resolver del todo bien, que es el tener los dos guiones paralelos, el de la película y el de la miniserie. Por muchas razones tomamos la decisión de basarnos más en la miniserie porque sentíamos que teníamos que dar una visión panorámica de la vida de Miranda y yo siento que eso la resiente como película; una de las observaciones que tiene es que es una película larga (140 minutos), pero esa es una decisión mía, yo llegué a un punto donde entendí que para quitarle más tiempo a la película tenía que quitarle una etapa a la vida de Miranda, si le quitaba ese pedazo probablemente la hacía más fluida como película, pero le quitaba el valor divulgativo a la película, no fue una decisión fácil, pero fue conciente.

- ¿Quedaste satisfecho?
- En absoluto, porque ese es el Miranda que salimos a hacer. En cualquier trabajo que tú hagas hay cosas que tú sientes que hubieras querido hacer de otra manera, es imposible que veas una película y no critiques un montón de cosas. Yo te confieso que a partir de determinado momento, nunca más vuelvo a ver una película mía, porque se me hace un proceso difícil, porque uno cambia, uno aprende, uno olvida, hace muchos años que no veo Jericó, ni Desnudo, y Miranda ya está en esa etapa. Para mi fue una gran experiencia, en pantalla hay una producción que no es usual en el cine venezolano, está muy bien resuelta, hay cosas con las que estoy muy contento, actores, por ejemplo, para un elenco tan vasto hay trabajos muy bien logrados. Y ya que tocamos el tema de la actuación, siento que quien ve la película y dice que hay muchos actores de televisión, creo que se equivoca porque son actores, que hacen teatro, cine, televisión, actores sólo de cine en Venezuela no existen.

- Pero el ministro de la Cultura, Francisco Sesto, puso este tema sobre el tapete con Fabiola Colmenares...
- Y no lo comparto porque siento que tú no puedes hoy en día en Venezuela decir que un actor que hace televisión está manchado por algo innoble, no, ese es un oficio, de eso viven, la decisión de algunos actores de no hacer televisión es muy respetable, pero hay muy poquitos, por lo general, son compañeros que viven de otra cosa, su profesión es una y además son actores, porque nadie puede vivir sólo del teatro ni sólo de la televisión. Para mi el criterio para escoger un actor es cómo está en función del personaje, si su pensamiento político es este o aquel, eso no es mi asunto, mi asunto es que sepa interpretar el personaje que yo quiero ver en pantalla, si es alguien nuevo también se vale.




De Miranda a Boves
- ¿Qué hay de Boves?
- Es un proyecto muy complejo porque al ser también una reconstrucción histórica ahí hay una cantidad de recursos que son imprescindibles para contar la película y tienes que acomodarte a los recursos que realmente tienes. Hemos logrado levantar a duras penas un presupuesto coherente; sin embargo, yo hubiera querido contar con mayores recursos de los que tengo y eso me obliga a ser creativo, en el sentido, de replantearme asuntos de la historia pero creativamente, no reducirla. Estoy contento con el equipo, con el trabajo adelantado y estoy ansioso de comenzar la filmación. La película se va a rodar en Guárico. Probablemente no me va a hacer falta estudio, sino que vamos a hacer algunas reconstrucciones.

- ¿Por qué el interés por este personaje?
- Porque siento que Boves es un hito fundamental en nuestra historia. Yo no puedo evitar que las películas que me gusta hacer tengan una atadura muy fuerte a una historia que me conmueve que es la Historia de Venezuela, que es un asunto que siempre me ha apasionado e intrigado (estudió Historia en la Universidad). Boves es nuestro primer caudillo, así como Miranda es la parte más noble de nuestra Historia, Boves es el alma oscura de nuestro proceso social, y es el tipo que logra recoger años y años de injusticia social, años de violencia reprimida y desata un volcán de resentimientos, de hambre atrasada, de injusticia que deben redimirse, que terminó por asolar al país. El año 13 y 14 del siglo XIX en Venezuela son los años más sangrientos de guerra alguna en este continente y no solamente por lo sangriento sino por lo cruel, Boves era un ser enormemente cruel, su castigo y su manera de enfrentarse a los Patriotas era especialmente rebuscada y según algunos, hasta psicopática. Entonces quiero buscar esa alma oscura, quiero ver qué pasó allí, por qué Venezuela llegó allí, pero también me sirve para entender que muchos de esos problemas siguen pendientes, que la Guerra Federal en el fondo, es una continuación de una Guerra de Independencia no totalmente resuelta, pero que también el siglo XX y XXI venezolano son la continuación de una serie de temas no cerrados que tenemos como Nación.

- A diferencia de Miranda, ¿habrá una presencia más importante del director?
- Por supuesto, primero porque el guión de Boves no trata de ser una reconstrucción histórica exacta; sin embargo, sí quiere meterse en las partes más oscuras de este personaje y ahí es donde tú tratas de hacer cine de autor y digo tratas porque eso es siempre una expectativa. Yo siento que Miranda logró el tratar de mantener un tono lo más objetivo posible, con un rigor, y con una puesta en escena asumidamente sobria y sencilla, porque creo que cualquier artificio narrativo que hubiera hecho de Miranda algo menos masivo, iba en contra del sentido mismo del proyecto.

- La Villa del Cine lo va apoyar en Boves ¿Cree que ha disminuido la paranoia con respecto a esta institución?
- El cine venezolano siempre va a ser conflictivo, lo que aspiro es que deje de ser un medio caníbal. El éxito del cine venezolano es colectivo o no, a mi puede ser que esta o aquella película no me gusten, pero si tienen éxito, ese es un éxito del cine venezolano. Los 300 mil espectadores de 13 Segundos bienvenidos sean. Me contenta que haya muchos géneros.

- ¿Y cuál sería la lección para el Estado que invirtió tal cantidad de dinero en Miranda y para los proyectos de autor destina menos recursos?
- El cine necesita tres ventanas permanentemente abiertas para poder respirar que son: el cine que hace el Estado –porque yo sí creo que el Estado tiene el deber de hacer determinados tipos de proyectos—, que exista otra ventana que es el CNAC (Centro Nacional Autónomo de Cinematografía), que te financie un proyecto autoral y que exista una tercera ventana que ayude a los proyectos independientes y sobretodo a las óperas primas, y yo creo que esa ventana se llama incentivo, que es una figura que se ha perdido. Medir el éxito de una película sólo por el parámetro de número de espectadores es reducirlo enormemente. Homicidio culposo y Macu se hicieron con el aporte de Foncine, pero también privado. Salserín tuvo mucho éxito de taquilla, pero no es mi película más exitosa.

- ¿Te sientes exitoso? ¿Qué piensas del éxito?
- En este momento me siento feliz porque me he visto involucrado en tres proyectos cinematográficos después de un largo tiempo donde eso fue muy difícil. Este es mi oficio, el de contar historias con una cámara, por eso me pagan, y ambas cosas me hacen enormemente feliz. El asunto del éxito: ya aprendes que es una cosa de la cual no tienes que estar pendiente, que uno en el fondo es un niño tirándole piedras al mar y de repente esa piedra rebota tres veces y sientes que eres capaz de producir algo hermoso. Yo sigo tirándole piedras al mar esperando que de repente una de esas piedras sea capaz de sacar unas chispas de hermosura, lo que ocurre es que también estoy conciente de que donde busco esas piedras no hay piedras planas sino cuadradas. Es difícil hacer cine y por más que buscas la buena piedra eso cuesta, entonces le das gracias al viento cuando sopla a favor tuyo y cuando tienes el viento en contra, pues tienes que aprender a resistir.