jueves, 5 de junio de 2008

¡Quiero ser bailarín!


Penetramos el mundo artístico y misterioso del bailarín varón, para descubrir a profesionales admirables cargando la cruz del prejuicio impuesta por una sociedad que aún no entiende ni respeta su valor para la cultura local

Lorena Rodríguez Morales

“La danza se convirtió en mi pasión desde que era muy niño. Pero sólo pude comenzar a bailar a los 18 años. Después del día en que mi padre murió”.
Alexander Ventura es bailarín. Con sus 32 años de edad y acento marabino, se sienta frente al grabador totalmente dispuesto a narrar su historia. “No te voy a decir nada nuevo. Mi cuento se parece al de muchos varones en el ballet venezolano. El gran problema de bailar en este país no es si tienes talento o no; sino el modo en que la sociedad percibe el arte de la danza. Actualmente no hay espacio, no hay respeto ni dignidad para el rol del bailarín. Y ésta es una carrera con tiempos bien limitados: a los 30 ó 40 años ya estás caducando. Lo irónico es que buena parte de tu vida útil, donde gozas de salud y juventud, la malgastas luchando contra los prejuicios de la sociedad, en vez de concentrar esas energías en tu formación. Eso perturba y agota.
La situación en Venezuela es crítica, ya casi no hay generaciones de relevo, y lo más lamentable es que este país tiene grandes talentos para la danza. Si hay tantos tropiezos para que los jóvenes de hoy se formen ¿quiénes van a ser los maestros de mañana?
Yo siempre quise bailar, lo manifesté en muchas oportunidades pero nunca se me permitió. Cuando dices que eres bailarín la gente te encasilla en estereotipos con respecto a tus inclinaciones sexuales, te vinculan con drogas, con ambientes desordenados, vicios, etc. Yo creo que es desinformación. Por eso, yo oculté por un tiempo que bailaba, ya que le temía a la severidad de la sociedad. Pero hoy me siento en completa libertad de defender mi oficio: estoy muy orgulloso de ser bailarín.
Para quienes creen que esto es un juego y no una profesión les puedo asegurar que yo vivo de la danza y gano muy bien. Es como todo: depende de cómo gerencias tu carrera. Tú puedes ser médico o abogado y eso no te garantiza vivir económicamente tranquilo. Tienes que gerenciar tus habilidades y con el ballet sucede lo mismo. El tema en Venezuela es que tenemos una gran debilidad en gerencia cultural.”

El niño del ballet
Carlos Contreras es un caso atípico. Se trata de uno de los muy contados bailarines venezolanos que iniciaron su formación durante la infancia. “Yo empecé en ballet como a los 9 años. Me acerqué por simple curiosidad. Fui a averiguar en las oficinas de la academia y me dijeron que como yo era varón no tenía que pagar nada. Entonces hablé con mi mamá, le llevé la planilla y ella aceptó de inmediato. Mi papá sí me dijo que me cuidara, que estuviera pendiente de ‘cualquier cosa rara’, pero no se opuso. Allí me gradué. Y hasta conocí a mi novia.
Cuando empecé no conté nada en el colegio. Sin embargo, más adelante unos compañeros me vieron llegando a los ensayos. De inmediato la noticia se regó como pólvora y me chalequeaban. Me decían ‘la bailarina’. Y cuando yo les contestaba algo me preguntaban que si les iba a lanzar una patada con zapatillas. Después, se les pasó. De hecho, algunos de ellos, en la adolescencia, se metieron en ballet conmigo para conocer a las muchachas de la clase.
Paralelamente estudio estadística en la UCV. Dado que en este país se menosprecia tanto el ballet, es muy difícil asumirlo como tu única carrera. Necesitas algo que te respalde. Entonces, estudio por la noche. Es forzado, pero ahí sigo. Mi plan es irme al exterior, porque en Venezuela, lamentablemente, hay un techo. Aquí no se valora lo que haces.
El ballet me ha dado muchas cosas, entre ellas a mi compañera. Nosotros nos conocimos desde pequeños. Yo recuerdo que en mi primera clase de ballet, ella estaba presente. Pero fue en la adolescencia cuando nos flechamos, nos enamoramos, fuimos novios por ocho años y hace poco nos casamos.”

Omaira Ramírez, mamá de Carlos Contreras
“Cuando Carlos comenzó a estudiar ballet él era el único varón de la clase. A mí me encantaba lo que hacía a pesar de que muchos familiares, amigos, y hasta en el colegio me decían que yo iba a criar a un hijo marico ¡Qué gente que no sabe de cultura! Y fíjate a dónde ha llegado Carlos. Cuando lo vi bailar por primera vez no paré de llorar. Es demasiado hermoso. Yo quisiera que viajara al exterior, para que disfrute su carrera como debe ser”.

Un trío de amenazas
En Venezuela, los hombres interesados en hacer ballet están becados. Una medida para incentivar su participación y evitar que el tema económico se convierta en un impedimento. Sin embargo, en las escuelas no suele haber más de uno o dos varones, cuando los hay. Entre las razones, destaca el tema cultural.
Héctor Sanzana, coreógrafo y coordinador de proyectos artísticos del Teatro Teresa Carreño, ataca directamente “la mentalidad machista que aún persiste en Venezuela y que atenta directamente contra los bailarines varones”. De inmediato saca a relucir ejemplos de otras latitudes. “En Rusia, en casi toda Europa, los hombres hacen danza desde pequeños, ya sea por su folclor o por formación profesional. Pero en Latinoamérica eso se ha quedado atrás. El único país de la región que ha crecido en este sentido es Cuba”.
El primer atentado viene del seno familiar. Luego, del yugo social. La estocada final está en la desorganización institucional. “El desgaste por el enfrentamiento continuo con familia y sociedad es enorme. Y a eso se le suma el duro trabajo diario de la propia disciplina. Son pocos los que soportan toda la presión”, explicó Sanzana.
“Lamentablemente, en este país, el hecho de ser artista es muy mal visto. De inmediato te catalogan de drogadicto, homosexual, irresponsable. Y en el caso de los bailarines varones esta mala apreciación se multiplica”.
Por tanto, cuando la compañía de Ballet Teresa Carreño cita a audiciones se presenta un muchacho por cada 30 ó 40 mujeres. “Para rematar, ronda los 22 años y no está bien formado”, comentó el coreógrafo.
La edad ideal que indicó Sanzana para que un niño comience su educación en ballet es entre los 8 y 9 años. “Es el momento en que se forman los huesos y músculos. Sin embargo, empezando a los 18 años y con un buen maestro, es posible hacer carrera hasta los 35. Después, empiezan las lesiones. Es una constante lucha contra el tiempo”.
Entonces, entra en escena el tercer obstáculo. “Tú preparas a los pocos muchachos que tienes, pero si paralelamente no les das un buen salario, beneficios y calidad de vida, buscan nuevas oportunidades en el exterior, con toda razón”.
Para evitar esto, el coreógrafo insta a la organización entre compañías de ballet, entes estatales y privados. “Es necesario un pulmón económico y un programa a largo plazo. Yo sueño con crear una escuela de ballet juvenil para varones, traer maestros cubanos e impartir una educación integral que incluya clases de música, historia del arte, anatomía, etc. Pero sin financiamiento son sólo sueños”.
El llamado es, entonces, a enlazar todos los esfuerzos, con el fin de que estos bailarines hagan carrera y se conviertan, finalmente, en maestros de las nuevas generaciones. De lo contrario, sólo aramos en el mar.

Sí es posible
Marta Gómez, directora de la Fundación Ballet de La Mar en Nueva Esparta
“Tratando de demostrar que no es indispensable comenzar a estudiar ballet clásico a los 6 años para hacer una carrera, realicé un taller intensivo donde entrené a jóvenes que tenían experiencia, por ejemplo, en aerobics, danzas nacionalistas o danza contemporánea. De allí nació la Fundación Ballet de La Mar, que funciona hoy en día como agrupación gracias a donaciones de la empresa privada. Somos un grupo mixto, pero por algún motivo afortunado y que desconozco, tengo más varones que hembras. Seguimos recibiendo nuevos integrantes constantemente. La técnica de formación es herencia directa de la maestra Nina Novak.
Los bailarines criollos tienen muchas cualidades naturales, son muy talentosos y es una lástima que sean factores externos los que les impidan desarrollarse. Tengo bailarines muy bien formados que empezaron grandes. No es lo ideal, pero querer es poder.
Creo que es necesario que se generen escuelas para varones, con una constancia en el tiempo, un programa formal y un pensum de estudio. Lo ideal sería hacer con el ballet un movimiento similar al que ha surgido con las orquestas. Tenemos que organizarnos”.

Cuestión de perseverancia

“Mi mamá me inscribió”
Carlos Hidalgo, 21 años
“Comencé a bailar a los 14 ó 15 años por iniciativa de mi mamá. Yo no estaba muy convencido, quizás por algo de machismo de mi parte. Para mí, eso era cosa de niñas o de homosexuales. Pero admito que me gustó y quedé enganchado con la disciplina. Al principio me costaba mucho admitir públicamente que era bailarín, porque aquí la gente, inmediatamente, te cataloga de m... Pero ahora lo digo con orgullo. Entendí que no tenía que ocultarlo. Ésta es una profesión como las demás: somos hombres que disfrutamos de la danza, llevamos una vida normal, tenemos nuestras compañeras y somos felices por hacer algo que nos gusta. Ese es el sueño de todo el mundo ¿no?"

“Para esta sociedad mi profesión no existe”
Jean Manuel Pérez, 26 años
“Yo comencé muy tarde, a los 21 años. Llegué al ballet porque me gradué en Artes Escénicas, específicamente haciendo teatro, pero tras la búsqueda de ser un artista más integral, empecé a estudiar canto lírico y ballet. Y me capturó. Cuando dices que eres bailarín, la pregunta inmediata es -¿Y trabajas?-. Por ejemplo, el otro día, cuando iba a mi clase a primera hora de la mañana, coincidí con un vecino en el ascensor, quien me preguntó: -¿Tan temprano vas para la fiesta? -. -¿Qué fiesta? – le contesté yo. –Bueno, eso es lo que tú haces, bailar todo el día. Eso no es un trabajo. Eso es una fiesta - .
Señores, este es mi trabajo. Para eso me preparo durante 8 horas diarias, de lunes a lunes. Es mi trabajo y merece el mismo respeto que el del doctor, el periodista o el arquitecto. No puede ser que cuando voy a hacer los trámites para sacar mi pasaporte y me preguntan la profesión, me colocan estudiante, porque para ellos ser actor bailarín no existe”.

“Me decían que estudiara todo menos danza”
Andrés Villarroel, 29 años

“Cuando decidí ser bailarín no tuve el apoyo de mi familia. Para ellos eso no era ‘normal’ en un varón. Así que al final comencé a estudiar danzas folclóricas en una academia de Cumaná, pero a escondidas de mi mamá. Allí estuve por 6 años y llegué a ser el primer bailarín. Cuando mi mamá se enteró, yo tenía 16 años. Y fue a formar un escándalo en la escuela, diciendo que eso no era para hombres. Yo me deprimí mucho. Me dijo que estudiara canto, o cualquier otra cosa, pero danza no. Y eso que yo no estaba haciendo ballet, que era mi meta. Finalmente me fui para Margarita a hacer carrera y allí me gradué. No tenía donde vivir, trabajaba en hotelería y dormía en los mismos hoteles, fue muy difícil. Luego audicioné con el ballet del Teresa Carreño y me aceptaron. Me estoy formando y me siento feliz, pero mi papel en la compañía es como una especie de becario. No estoy en nómina, por lo que no percibo ningún salario. Pero me mantengo en la lucha. Ésta ha sido una carrera de resistencia para mí”.

Presintiendo el mañana

“¿Mi hijo en ballet?: por nada del mundo”
Eduardo Arismendi, 33 años
Padre de Gabriel Eduardo Arismendi, 3 meses


LRM: ¿Durante la edad escolar de su hijo tiene proyectado inscribirlo en actividades extracurriculares?
EA: Por supuesto. Creo que es muy importante para su desarrollo integral
LRM: ¿Y qué tipo de actividades ha pensado para su hijo?
EA: Me gustaría colocarlo en fútbol, beisbol, natación, pintura y música
LRM: ¿Estaría dispuesto a inscribir a su hijo en clases de ballet?
EA: No
LRM: ¿Por qué?
EA: Porque no... eso no es para niños. Por nada del mundo colocaría a mi hijo en clases de ballet. Y estoy seguro que 99% de los padres te dirán exactamente lo mismo


“No quiero que asuma posturas afeminadas”
Jenny Monsalve, 29 años
Madre de Juan Carlos de Jesús Dugarte, 1 año


LRM: ¿Durante la edad escolar de su hijo tiene proyectado inscribirlo en actividades extracurriculares?
JM: Claro que sí. Me encanta que los niños tengan otros aprendizajes
LRM: ¿Y qué tipo de actividades ha pensado para su hijo?
JM: He pensado en beisbol, fútbol, música y natación
LRM: ¿Estaría dispuesta a inscribir a su hijo en clases de ballet?
JM: ¿Qué? No...
LRM: ¿Por qué?
JM: Porque quisiera que hiciera otras cosas. Además, él es mi varoncito. No es que yo cuestione que el ballet me vaya a cambiar a mi niño, pero como los movimientos son tan delicados no quiero que se empiece a comportar de forma equivocada: sentarse o caminar como niña, por ejemplo.


Contraste

“Los bailarines son seres tocados por Dios”
Jean Paul Leroux, actor
“Yo soy pro-bailarín. Si mi hijo me dice que quiere ser bailarín me sentiría encantado. Y te lo digo honestamente. La gente dirá: -Sí, eso es mentira. Lo dice ahora porque aún no tiene el hijo -.
Si quieres ser bailarín: bienvenido. No te frustres, ni le frustres la vida a los demás. Me parece que los bailarines son protagonistas de un acto sobrenatural. Son artistas, pero a la vez son atletas, y tienen que tener una condición natural que no le resta ni un milímetro al enorme trabajo que ejercen cada día para desarrollar esa potencia, esa elasticidad y ni hablar de la armonía corporal que proyectan. Para mí un bailarín es un virtuoso, un ser tocado por Dios, son verdaderos artistas. Yo intento generar arte a través de una personificación, pero eso de poder comunicar con tu cuerpo sin tener de por medio ninguna palabra es algo invalorable que se debería superestimar”.




Trabajo publicado en la edición nro. 66 de la revista ¡claro!: "La danza también es masculina" - 27 de abril de 2008
Fotos cortesía de la revista ¡claro! / Fotógrafos: Elisa Cardona y David Maris